El viejo cadillac

Escrito por Jan

Daba igual a que hora del dí­a o de la noche llegara; el caso es que, por donde ella pasaba, iba haciendo ruido. La gente la miraba con la admiración secreta y escondida que siempre causa la envidia oscura, profunda.

Sus labios siempre de un rojo intenso, casi metálico que pedían a gritos ser mordidos, ser besados; sus delicadas líneas que buscaban una mano que siguiera sus curvas de atrás hacia adelante y de arriba a abajo; sus largas pestañas que protegían sus ojos brillantes del fugaz reflejo que la luz del sol convertía en miles de estrellas; su boca, fina y alargada, que hacía que el aíre deseara convertirse en su aliento.

Y ahí estaba ella, siempre tan infinita, aparcada en la puerta del bar…

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Fotografía de Jan Neville
 
…esperando a que alguien se subiera en ella.

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