Quiero seguir soñando
Escrito por MacumazahnHace unos domingos leía sorprendido en el suplemento dominical de un periódico que sesudos análisis de una universidad lejana habían descubierto la razón última de la gordura, de la obesidad, de la abundancia de carnes en general. Y, contra lo que pudiéramos pensar, no es resultar agraciado en la lotería de nonatos con un gen que tenga los cables cruzados (la espiral de ADN retorcida en el sentido equivocado) ni la insistencia agobiante por acabar platos de papilla cada día más llenos de unos padres obsesionados con poder mostrar a la familia y a la vecindad un querubín henchido y sonrosado. No. La culpa la tiene un virus, un microscópico cóctel explosivo de proteínas asesinas que se contagia en los diminutos salivazos que viajan por el aire disparados por interlocutores que, sin saberlo, participan en un peligroso tiroteo con enfermedades sustituyendo las balas.
Hoy mismo me entero por una revista, de fuentes dudosas, eso sí, que otra universidad de presupuesto hipertrofiado y meritorios ociosos ha llegado a la curiosa conclusión de que las mujeres han desarrollado a lo largo de milenios un sistema simpático (no por gracioso, sino por vegetativo e independiente de la voluntad consciente) que les permite detectar, a través de la saliva intercambiada mediante el beso con un varón, si éste reúne las cualidades necesarias para ser el padre que sus hijos necesitarán. De nuevo la información, que es poder, viajando en la saliva. Supongo que serán las cualidades físicas, como la fuerza y la resistencia a las enfermedades, y no las morales, que no creo que tengan su reflejo en la saliva; o quizá sí. Esto seguramente nos lo confirmará otra investigación detallada del departamento de al lado.
Este avance acelerado de la ciencia amenaza con no dejar espacios sin explorar, huecos vacíos en los mapas, aunque sea en los de la imaginación.

Fotografía: Jan Neville
Ya le peleó Joaquín Sabina a nuestro nobel de medicina Severo Ochoa el concepto aquel de que sólo somos física y química.
Yo quiero seguir creyendo, como todas las primaveras, cuando los primeros días de sol consecutivos traen prometedoras imágenes de playas y piscinas, que una correcta combinación de dieta y gimnasio devolverá a mi abdomen el aspecto de tabla de lavar que una vez tuvo. Quiero seguir creyendo que un día me cruzaré en el metro con una chica con la que el intercambio casual de miradas tendrá de fondo una bonita música de violines y pisaditas en el estómago, con la seguridad de que es un sentimiento compartido, y descartando de principio un análisis forense de la saliva. Quiero seguir creyendo que el submarino que rastreó el lago Ness no tenía capacidad suficiente de lectura en unas aguas oscuras de turba y pasó por alto lo más importante.
Hay que rebelarse contra este determinismo científico que nos agosta la libertad.





