Le petit-déjeuner
Escrito por MacumazahnEl desayuno del madrugador, aquél al que le separa del trabajo una hora de atasco o de transporte ganadero subterráneo, es hosco, huraño, casi hostil. El estómago aún está somnoliento, todavía no se ha preparado para su labor, y encaja a regañadientes los cereales o las galletas.
No se disfruta de esa comida, sólo se engulle el mínimo tolerable para llegar entero a la primera parada de la mañana. También las cuerdas vocales y la educación están frías por falta de uso y, si el desayuno es compartido, no se habla, o se hace con monosílabos descorteses, casi guturales o asilvestrados. Hay que estar muy enamorado de la otra persona para mantener una conversación razonable en un desayuno de madrugada.

Fotografía de Jan Neville
El desayuno ocioso, atemporal, de fin de semana o, mejor aún, de vacaciones, es el primer placer de la jornada. No hay prisa, no hay límites. Cabe la lectura ociosa del periódico, la contemplación soñadora del horizonte marino, la respiración reposada de los aromas silvestres. Cabe el desayuno rotundo y energético del que está más cómodo en el lado salado y también la ingesta despreocupada e inconsciente de bollería industrial del que prefiere el dulce. Cabe el zumo, la macedonia, el batido. Hasta la pesca tranquila y laboriosa del cereal extraviado que bucea entre dos aguas. No importa. Es el primer placer de la jornada, y los demás estarán ahí aunque les toque esperar.





