El vapor de agua es invisible. Lo que habitualmente llamamos vapor es, en realidad, una nube de gotitas de agua líquida. Esa nube se forma cuando el aire se “satura“, al superar su capacidad para contener vapor.
Cuanto más caliente está el aire, mayor cantidad de humedad puede absorber antes de saturarse.
Por eso los secadores usan calor.
Igualmente, si enfriamos una masa de aire, llegaremos a una temperatura, llamada “punto de rocío“, a la que ya no podrá contener toda su humedad y se saturará.
Por eso se forma el rocío en las madrugadas.
Llamamos “humedad relativa” a la cantidad de humedad contenida, en relación al total que podría contener.
Por eso se mide en tanto por ciento.

Fotografía tomada de kadiak
En resumen, el aire es como una esponja que se estruja con el frío: si el calor la “hincha” puede contener agua hasta un límite. Si el frío la aprieta ese límite disminuye. El agua que supere el límite se escurre goteando y, por poca agua que contenga la esponja, si estrujamos lo suficiente, escurrirá.
Este mecanismo es el que desencadena, por ejemplo, la formación de las nubes, la niebla, el vaho en invierno y las estelas de los aviones de pasajeros.
A las altitudes de crucero de los reactores comerciales la temperatura ronda los -50ºC. A esa temperatura el aire puede contener muy poca humedad y, si se satura, lo hace diréctamente en forma de hielo. Sin embargo, como el aire allá arriba es tan puro, el agua encuentra un problema para helarse: los cristales de hielo necesitan un cuerpo sólido sobre el que empezar a crecer. Si el aire no contiene impurezas que hagan de “soporte”, puede contener grandes cantidades de agua “superenfriada” deseando encontrar algo sobre lo que congelarse.
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