En el Otoño de 1888 la capital del mundo por aquel entonces, Londres, se estremecía con una serie de asesinatos brutales perpetrados en sus calles por el que se ha considerado como primer asesino en serie de la historia: Jack el Destripador.
Si bien el número de sus víctimas, cinco oficialmente, no es ni por asomo el mayor de los registrados en los anales del crimen, si fue el motivo fundamental del mayor cambio social experimentado en una ciudad moderna debido al miedo generado por un sólo hombre.
A finales del XIX, Londres era una ciudad de contrastes. Barrios como Mayfair, tremendamente caros y elegantes, chocaban brutalmente con zonas como Whitechapel, en el East End, donde el “buen y viejo Jack” como reza la canción infantil, desgarraba el sueño de la sociedad Victoriana.
Según cuentan las crónicas, en Londres los agentes de policía patrullaban de uno en uno en las zonas tranquilas, de dos en dos por los barrios medios y de cuatro en cuatro en los suburbios conflictivos. En Whitechapel, ni siquiera patrullaban.
La principal calle de la zona, Petticoat Lane, era popularmente conocida como la calle “Haz lo que quieras” ya que las prostitutas se ofrecían a fornicar en plena calle por el precio de una taza de café y ante una pelea con muerto incluido, jamás nunca nadie vió nada.
No había apenas farolas en las calles y los indigentes dormían hacinados y atados a un banco corrido de madera en los sotanos de los hostales por media corona. Si ni siquiera tenías ese dinero pernoctarías en plena calle arropado por la densa niebla del Támesis.
Si a una prostituta la invitabas a cenar, podías disfrutar de ella toda la noche entera y los judíos que vivían en la zona jamás salían de noche por miedo a ser asesinados.
Pues bien, “gracias” a la intervención de nuestro amigo Jack la prensa internacional se hizo eco de la miseria y desgracia que se cernía sobre aquella parte de la capital mas importante del mundo. La presión mediática hizo que la Reina Victoria ordenase derribar gran parte del East End de Londres y reconstruirlo por completo añadiendo a su decoración urbana farolas, albergues y policías.
¿Deberíamos pues pensar que la acción de un loco homicida que mató a cinco prostitutas llevó un rayo de esperanza a tantos deshauciados que la vida había arrojado a la cuneta?
Quizá si alguien hubiese conocido la identidad de Jack el Destripador hubieramos podido comprender e interpretar la educada y sarcástica firma con la que terminaba sus misivas enviadas a la policía después de cada asesinato: “Sinceramente suyo … Jack, the Ripper”